Los conflictos sociales

Autor:Eguzki Urteaga
Páginas:153-174
RESUMEN

La transformación de la conflictividad - De la huelga obrera a las movilizaciones - La medida de la huelga - La nueva estructura de la conflictividad - Los objetos de las huelgas - Las nuevas formas de conflictividad - Una perspectiva comparada - El sentido de estas transformaciones - La regulación de los conflictos - La reglamentación de la huelga - El derecho de huelga - Huelgas legales e... (ver resumen completo)

 
ÍNDICE
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¿Se produce un declive de las huelgas y/o una renovación de los conflictos sociales? Desde 1995, la conflictividad conoce una situación paradójica en Francia. Mientras que las huelgas alcanzan su nivel histórico más bajo en el sector privado, Francia ha vivido tres grandes conflictos sociales en una sola década. En 1995, cientos de miles de huelguistas y de manifestantes han hecho fracasar la reforma Juppé de la Seguridad social. No obstante, una movilización similar, que exigía el abandono de la reforma del sistema de pensiones, ha fracasado en 2003. Por el contrario, en 2006, los jóvenes y los trabajadores han conseguido, después de dos meses de movilización, obtener la retirada del Contrato primera contratación para los jóvenes. Las formas del conflicto social desbordan cada vez más el espacio de la empresa industrial utilizando un repertorio de acción y unas vías que movilizan a nuevos públicos y organizaciones. La nueva cuestión social no se reduce a la relación capital-trabajo, sino que se refiere también a las formas del Estado de bienestar y tiene una dimensión internacional. «Los conflictos de reglas y los retos territoriales estructuran de ahora en adelante la acción colectiva»142.

Si en 1985, Edmond Maire, dirigente de la central CFDT, considera que la huelga pertenece a la «vieja mitología sindical», la permanencia de los conflictos sociales, especialmente en algunos sectores sensibles como el de los transportes, suscita unos debates recurrentes sobre el carácter «arcaico» de la Francia huelguista. Algunos concluyen en la necesidad de enmarcar de manera más estricta el derecho de huelga en los servicios públicos, mientras que otros lo consideran como un derecho sagrado. Todos reconocen la necesidad de reformar las modalidades del diálogo social. Para valorar lo que está en juego en los debates sobre la conflictividad, es preciso empezar describiendo su evolución, sus formas y sus objetos. Una vez estudiada la amplitud de las transformaciones cuantitativas y cualitativas de la conflictividad, es posible analizar la cuestión de la reglamentación de la huelga y, más ampliamente, la retórica sobre la necesaria modernización del diálogo social.

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La transformación de la conflictividad

En un libro titulado El conflicto en huelga, Denis subraya los límites del análisis en términos de declive de los conflictos sociales. «Solo concierne a una parte de ellos, cuya naturaleza y forma son singulares, y que están vinculados a un momento determinado de nuestra historia así como a una etapa precisa de la evolución de nuestro sistema económico». Para comprender «la evolución sociohistórica del conflicto en toda su extensión (materia, forma, actor, lugar), conviene restituir y comprender esta transformación para aprehender lo mejor posible su orientación contemporánea»143.

La conflictividad no se reduce a las huelgas sino que se manifiesta de múltiples maneras: manifestaciones, peticiones, ocupaciones, desfiles, delegaciones, denuncias ante los tribunales o absentismo, que dan cuenta de un clima social más o menos deteriorado. Pero, «porque no suspende el trabajo y la subordinación del trabajador»144, la huelga sigue siendo el arma más importante y el indicador más pertinente para analizar las grandes tendencias de la conflictividad, de la huelga y de las movilizaciones sociales en este inicio del siglo XXI.

De la huelga obrera a las movilizaciones

En su crónica de los conflictos, Fridenson (2000) opone el tiempo de los conflictos no organizados, de las protestas sordas y del sabotaje, al tiempo de la «huelga obrera» que adopta precozmente un ritmo cíclico. Este conoce dos periodos. Hasta el principio del siglo XX, las huelgas están sobre todo iniciadas por los gremios cualificados que trabajan en pequeños talleres y sobrevienen de manera no coordinada. Fridenson registra hasta ocho grandes oleadas entre 1833 y 1904. Es únicamente en las últimas oleadas cuando la clase obrera pasa del taller a la fábrica y que los sindicados empiezan a estructurar sus reivindicaciones145.

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A partir de 1906, las oleadas de huelgas están activadas lo más a menudo por los obreros de las grandes fábricas y la participación de los obreros parisinos aumenta. Desde 1906 hasta 1968, Fridenson identifica seis grandes oleadas, en 1906, 1917-1920, 1936, 1947-1948, 1953 y 1968. Se trata cada vez de «estallidos sociales» que movilizan a importantes proporciones de la clase obrera (1 obrero sobre 16 en 1906 y tres veces más en 1919), conciernen a menudo la carestía de la vida (1917-1920) y se enfrentan a unos frentes patronales y estatales intransigentes (1906). Desde 1936, los enfrentamientos sociales representan unos momentos esenciales de la vida política y social francesa.

La evolución de los datos anuales del número de días de huelga desde la Liberación de Francia confirma el carácter irregular de la conflictividad. Ciertos años, el contador de la huelga sube muy alto (1947 cuenta así más de 23 millones de días de huelga), incluso supera los 150 millones (1968), mientras que otros años se estanca en un millón (1954 y 1965). Ciertamente, sobre un largo periodo, se desprende una tendencia relativamente clara a la baja y el final de los años 1970 aparece como el término de un ciclo de conflictividad elevada.

No obstante, desde entonces, el número de días de huelga evoluciona de manera menos lineal y más compleja de lo que sugiere una valoración rápida de los datos. De un año para otro, las oscilaciones siguen siendo notables y las explosiones sociales no desaparecen (1995 y 2003). La década de 1980 muestra un número anual de días individuales no trabajados en claro retroceso con respecto a los años 1970. Los años 1991-1994 marcan de nuevo un estancamiento relativamente pronunciado de los días de huelga, pero, durante los años siguientes, la conflictividad reencuentra más o menos el nivel de los años 1980.

La utilización de medias quinquenales ayuda a comprender la periodización de la conflictividad. Así, los años 1946-1949 se traducen por una fuerte conflictividad y 1968 traduce un efecto de estallido social. Posteriormente, la media anual quinquenal pasa de más de 3 millones de días individuales no trabajados en los años 1970 a cerca de 2 millones en los años 1980. Los 25 años siguientes se presentan como un periodo de estabilización de los conflictos con un número anual medio de días de huelga de alrededor de 2 millones. Solamente los años 1990-1994 figuran como unas excepciones, con una fuerte caída de la cantidad de días de huelga que pasan por debajo del millón. Posteriormente, el nivel global sube de nuevo hasta los niveles de los años 1980.

De hecho, contrariamente a una idea muy extendida a propósito del declive continuo de la conflictividad, esta sigue siendo relativamente estable desde la década de 1980. Esta estabilidad global se ve acompañada, sin embargo, de un nuevo reparto sectorial de la huelga.

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La medida de la huelga

Como cualquier hecho social, y probablemente más que otros, la medida de la conflictividad constituye una operación tanto administrativa y política como científica. Como lo demuestra Brochard (2003), la elaboración y la interpretación de los datos sobre los conflictos son relativamente problemáticas. Las modificaciones de la tipología de las huelgas y el hecho de que no sean observadas rigurosamente crea una primera dificultad. Hasta 1975, todos los tipos de conflicto local y nacional se reúnen en una misma estadística. Ese año, se empiezan a distinguir los conflictos localizados, es decir, las huelgas y los desembragues que responden a unos llamamientos propios a la empresa y los conflictos generalizados cuando el llamamiento es exterior a la empresa y común a varios conjuntos de empresas. Una nota de la DARES (2005) señala, no obstante, que esta distinción habría desaparecido más o menos a partir de los años 1990 en los señalamientos locales. Las huelgas de la función pública y las de los transportes aparecen en unas series específicas desde respectivamente 1982 y 1996.

La diversidad de los modos de registro del número de conflictos, sumando los datos provenientes de diversas fuentes, introduce una segunda serie de sesgos. En las empresas del sector privado y público nacionalizado, las secciones de la inspección del trabajo se encargan del señalamiento de los conflictos. No se basan sobre ningún acto administrativo obligatorio y miden las huelgas señaladas directamente por uno de los agentes sociales o indirectamente a través de los medios de comunicación. Por lo tanto, la contabilidad depende ampliamente de la desigual disponibilidad de los inspectores del trabajo. Las estadísticas conciernen solamente a los conflictos colectivos dando lugar al cese completo del trabajo, es decir, las huelgas en el sentido del Código del trabajo. Otras formas de acción, como las manifestaciones, las huelgas habladas o las huelgas de celo, no están contabilizadas. Los datos así recogidos y transmitidos a la DARES excluyen el sector agrícola y la función pública. Las estadísticas de la función pública estatal publicadas por la dirección general de la administración y de la función pública (DGAFP) se fundamentan en los datos ofrecidos por los servicios centralizados a partir de las retenciones sobre el sueldo. Los datos relativos a la función pública hospitalaria...

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